martes 7 de septiembre de 2010

De palos y escopetas


Hace algún tiempo, Castilla y León, tierra que me vio nacer a mí y a Doña Urraca (pichad el link, por Dios), quiso promocionar el turismo rural a través de una campaña bajo el siguiente estandarte: '' No hace falta ser filósofo para saber qué está vivo y qué no'' Automáticamente pensé: Es cierto. ¡En Castilla solo necesitas UN PALO! Eso es así. Ellos se bastan de un palo, algún prejuicio y el sentido común para llegar a unas conclusiones de lo más razonables. (No me incluyo porque, desgraciadamente, yo ya soy un cerebellum corrupto). Así que en los 45 minutos que tarda el Doctor House en certificar la muerte del actor secundario de turno, un buen castellano ya ha pinchado 3 ó 4 veces el cadáver con el palo, llamado al cura, dado la extremaunción, enterrado los restos y pedido un sol y sombra que se tomará en el bar de Nandín en compañía de su señora adicta al mosto y a la novela.

Por la capital las cosas son diferentes. Todas nuestras decisiones las medimos, las sopesamos, y si pudiésemos, hasta les haríamos un test antidoping. Pero los palos tampoco pasan desapercibidos y pueden ser de gran utilidad. Ayer me llamó mi mejor amiga para relatarme la terrorífica y empaladísima anécdota que paso a contaros a continuación:

Su padre y su madre están sentados en la terraza del piso viendo pasar la vida. En estas aparece un chico joven, presumiblemente marroquí, que se queda hipnotizado mirando al interior del piso-bajo del edificio de enfrente. Su madre se pone un poco nerviosa pero recupera la respiración al ver que el chicuelo termina pasando de largo. Nada más lejos de la realidad, porque vuelve tras pocos minutos armado con un palo. ¿Y ese palo? ¿Un arma?, ¿una pértiga?, ¿pero qué va a hacer este cabrón? Pues lo evidente. El presumido marroquí introduce el palo por la ventana y le manga al vecino un par de pantalones vaqueros. ¡Hala! Pescando que es gerundio.

Su madre entra en casa muy alarmada, manoteando al aire y balbuceando la palabra “ladrón” mientras su padre se tira de los pelos pensando, probablemente, en “las cosas que se ven en estos días”. Y en ese momento, mi amiga levanta la cabeza de los apuntes, saca su propio palo (metafórico, advierto) y pregunta: ¿Les ha robado? ¿Y no habéis hecho nada? ¿No le habéis tirado un cenicero?

Ambas seguimos pensando que con una pequeña llamada al orden, el presumido y presunto marroquí habría salido corriendo, pero a su padre lo de los gritos le pareció absolutamente insuficiente. Echó mano de la escopeta (si, si, cargada) y amenazó al ladronzuelo con darle a su alma la formar de un queso gruyer. Evidentemente, y por cuestiones de justicia poética, el moroco-pescador salió corriendo más rápido que el Delorean de Michael J. Fox conservando consigo la vida, el palo y los vaqueros del otro.


Que no se engañe nadie, porque no quiero decir nada con esto. Es solo que a veces echo un poco de menos poder arreglar las cosas a palazos como Doña Urraca.

1 comentarios:

  1. nadie comenta eh... nadie se atreve a decir nada sobre el loco peligroso del padre de su amiga eh... decidlo ya!! que lo encierren! o que le den un billete a texas solo de ida!

    Y en cuanto al artículo, sí, yo también estoy de acuerdo. Más palos y menos maquillaje. Como bien dicen en castilla, solo hace falta un palo para saber si algo está vivo o no, asi que por mucho que lo pintes de vivo, seguirá estando muerto si le das con un palo.

    (de regalo con este comentario, un cocktail molotov para quien lo secunde)

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